El barro y la costilla, mi primera novela (2ª parte)

28/02/2016

if they write

De la colección digital de The new York public library

Mi puesto de trabajo está sometido a turnicidad, por lo que había miércoles que no trabajaba y, cuando me tocaba, intentaba gastar uno de mis días libres para poder asistir a la escuela. Levantarme por las mañanas, desayunar tranquilamente mientras revisaba los textos para luego darme un paseo hasta la escuela, era justo lo que necesitaba cada semana para ponerme las pilas.

En la escuela (Escribes era su nombre) nos reuníamos un grupo heterogéneo de escritores en potencia unidos por una pulsión de escribir que allí nos enseñaron a canalizar. Aun siendo cada uno de su padre y de su madre, después de tres años de abandonos e incorporaciones, algunos fuimos forjando una amistad en torno a las letras que ha perdurado hasta el día de hoy.

Siempre recordaré esa sensación, desconocida por mí hasta entonces, que me producía el hecho de que mi novela tomaba cuerpo palabra a palabra. Los profesores que tuvimos, al principio Andrés Nadal y sobre todo Pablo Rodríguez Balbontín, se aseguraron de que nos centráramos en construir la estructura de la historia. En cuanto a esto hay mucho que discutir, hay escritores que no gastan un segundo en esto de la estructura y otros que son incapaces de comenzar su novela sin conocer previamente y con exactitud todos los pasos que llevan hasta su desenlace final, pero dejaremos esta discusión para otro post. Baste decir que, cuando empiezas a escribir y todavía no tienes interiorizado tu propio proceso de trabajo, es más que aconsejable tener avanzada la construcción del esqueleto de la novela para no perderte o desperdiciar talento y palabras mientras desarrollas el relato.

De esta manera, semana a semana, veíamos con asombro cómo los textos iban concatenándose hasta formar un artificio coherente. De manera que de aquella clase salieron cuatro novelas: Peregrinos de Shambala de Rafael Téllez (Amazon), Sin noticias de Acuario de Reyes García-Doncel (Ediciones en Huida), Los últimos monos de Churchill (Ediciones en Huida) y El barro y la costilla, la mía, publicada primero por Ediciones Atlantis y después auto publicada en Amazon.

Además de las clases, comenzamos a programar reuniones esporádicas que acabaron convirtiéndose en una costumbre que seguimos manteniendo ocho años después, donde compartimos vino y viandas amén de textos y proyectos. Sin todos ellos, El barro y la costilla no existiría. Les doy las gracias desde aquí.

Recuerdo el tiempo que pasé en la escuela con cariño, ¿quién iba a pensar que un tipo talludito y duro de mollera como yo fuera capaz de escribir una novela? La verdad es que no darme por vencido y continuar hasta acabarla ayudó a apuntalar mi autoestima en aquel momento. Eso de desear escribir una novela durante toda tu vida y al final hacerlo, es cosa muy recomendable para la salud. Ahora, que la novela sea mejor o peor, eso es otra historia.

 

 

 

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